Solemne función religiosa y entronización del Santísimo Cristo de la Agonía

Función religiosa por los hermanos difuntos y entronización del Cristo de Agonía celebrada el domingo ocho de marzo por decimoquinta ocasión.

domingo, 8 de marzo de 2020

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Del silencio a la gloria, de la intimidad a la apoteosis de la Cuaresma ciezana. Con un intervalo de solo veinticuatro horas, la Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía mudó la piel para ofrecer dos perspectivas del culto a su Sagrado Titular, distintas en su verbalización pero fraguadas en el lenguaje que mejor conoce, que es el de la solemnidad.

La función religiosa por los hermanos difuntos, presidida en el altar de la Iglesia de la Asunción por el Cristo de la Agonía, se celebró el domingo ocho de marzo por decimoquinta ocasión, y en realidad esos quince años componen una historia de empeño por ir afilando el modo de hacer con el único objetivo de dignificar el culto y favorecer la hondura religiosa de la experiencia cofrade.

Como siempre un tambor velado puso en silencio las abarrotadas filas de la Basílica, que punteaban la penumbra con cientos de velas mientras el Cristo, portado exclusivamente por mujeres, abandonaba su capilla. En cuanto enfiló el altar desde el final de la nave, bajo el coro, el Réquiem en Re Menor, op 48 de Gabriel Fauré inundó todo con la poderosa precisión vocal de Patricia Dato Carrillo y Juan Iniesta y del organista Pablo Martínez Pino, un acompañamiento que apuntaló toda la ceremonia con espiritualidad majestuosa.

Con el Cristo tendido ante el altar eucarístico celebró la Santa Misa el sacerdote José Solano González, que en la homilía subrayó la importancia de una vivencia auténtica de la Cuaresma. Fueron las suyas unas palabras claras, cercanas, y a la vez de grandísima profundidad, que llegaron hondamente a los fieles.

En la acción de gracias, las anderas tomaron de nuevo la Cruz del Cristo de la Agonía y desfilaron hacia la capilla entre una multitud clamorosamente silenciosa. Y, al fin, la entronización: un grupo de hermanos aguardaban sobre las andas para izar al Señor sobre su Calvario. Cuando el pie de la Cruz quedó enterrado en el trono, sonó por última vez la música de Fauré.

La comunidad se fue dispersando en la noche del Domingo, quedando el Cristo de la Agonía para desfilar esta Semana Santa, aun sin salir de la capilla, por los rincones del alma de sus cofrades.

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