Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía  

La Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía le da la bienvenida y agradece su visita

 El silencio apenas mancillado

  

                Acaban de iniciar su monólogo las campanas de la iglesia. Son las doce de la noche, una hora que marca un hito, una barrera y un límite. Con ellas muere y nace un día.

    Cada noche, a la misma hora, la campana desgrana, lente y perezosamente, la vieja y monótona canción del tiempo. Pero esta noche es diferente. Con el inicio de sus sonoras voces, la plaza queda sumida en la tiniebla, las gentes apagan la palabra, que queda convertida en murmullo y, poco después, en silencio, en apretado y conturbador silencio.

       Solamente se dibujan, en la espesa negrura en que vino a parar el jardín y la plaza, unas luces rutilantes, leves, denunciadoras de un andar medido y comedido. Son los hermanos del Silencio, que preceden a su Cristo Crucificado. Poco después, en el marco de la amplia portada del templo de la Asunción, se recorta la imagen bendita del Cristo de la Agonía. Se escuchan las pisadas, el susurro de una oración y algún suspiro apenas reprimido.

        El silencio lo envuelve todo, se adueña de todo, menos del latido emocionado de mil corazones de Cieza, que aguardan, en las calles prietas del itinerario, bañadas todavía por la luz de los faroles, pero en espera de quedar supeditadas a la luz de las temblorosas estrellas y los vacilantes cirios. Un silencio apenas mancillado por la suave melodía de una marcha fúnebre, que interpreta la orquesta que cierra el paso del cortejo, es el único testimonio de vida en la ciudad nazarena.

        La procesión va dejando atrás la plaza y el jardín de la iglesia. Las calles de Cieza comienzan como a dormir despiertas. La  procesión avanza y recorre, majestuosamente su carrera.

         Luego, cuando el mismo reloj, acaso mitigando el sonar de la campana, vaya a dejar, en el aire frío de la noche, tras lentas campanadas, la procesión retorna cansada al templo de partida.

      Nuevamente la plaza se hace quietud y remanso, las sombras se enseñorean de las cosas, restándoles su forma y su contorno. La palabra cede la primacía a los silencios. La oración surge callada y agradecida. Cristo de la Agonía, que muere por nosotros, regresa para derramar su bendición sobre el pueblo y las gentes de Cieza.  

       Es el milagro, que año por año se repite, de ese Amor que el Señor siente por  sus hijos. Es también, el milagro de Amor que sus hijos sienten por el Señor, agigantado y al desnudo, sin cortapisas ni trabas, sin el menor atisbo de respeto humano, en estos días hermosos, en que la primavera nace a la vida y Cristo nace a la muerte para alcanzar, con su Resurrección Gloriosa, dentro de unas horas, la plena Vida de todos los hombres.

        Pero antes de la Resurrección, la Muerte. Esa muerte en cruz, que el Cristo de la Agonía ha paseado por el pueblo de Cieza, en la noche callada y misteriosa del Jueves Santo. 

                                                                                                              Carlos Valcárcel Mavor