Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía  

La Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía le da la bienvenida y agradece su visita

 La Santidad de lo Bello

         

 

   1.UN MOMENTO HISTÓRICO.

 “No quiero engañar a nadie ni dar por filosofía lo que acaso no sea sino poesía o fantasmagoría, mitología en todo caso...El que busque razones, lo que estrictamente llamamos tales, argumentos científicos, consideraciones técnicamente lógicas, puede renunciar a seguirme.” - Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida.-

       Sirva esta cita para iniciar lo que será un texto totalmente subjetivo, nada representativo, pero de un cofrade, andero para más señas. Doy las gracias a quienes me han brindado la palabra en un momento histórico, irrepetible por ser consciente de su unicidad y ejemplo, para nuestra Hermandad. Es todo un privilegio que llevaré siempre en el corazón.

      Teniendo en cuenta los actos y las excelentes palabras que preceden a las mías, no puedo menos que ser humilde y no aspirar a hablar de lo histórico, o lo artístico, o lo institucional, cuando otros verdaderamente preparados lo han hecho, y mucho mejor de lo que yo hubiera podido hacerlo.

      Mi trayectoria personal en la cofradía del Santísimo Cristo de la  Agonía es corta, pero casi tan larga como mi vida. Pertenezco a la generación de los hijos de la Democracia, de ésos que, por obra y gracia de nuestros padres, pasamos por la cofradía antes incluso que por el juzgado, mientras ellos veían la caída de un mundo y la venida de otro. Concretamente, formo parte del, jocosa y amigablemente denominado, relevo del Cola Cao, por el numeroso grupo de jóvenes que en pocos años hinchó las varas de nuestras andas. Un muy particular baby boom.

      ¿Cómo se va a vivir este año para los cofrades de la  Agonía? ¿Qué se siente desde dentro de la Agonía? ¿Cómo somos? A estos interrogantes quisiera dar respuesta, desde mi, ya anunciada, personal óptica.

       Lo primero es orgullo. Un orgullo superlativo, hiperbólico, desmesurado, que, en esta fecha más que nunca, ha de partirnos los pechos, rasgarnos las túnicas, desparramarse como la luz en el aire, y empapar a cuantos nos rodeen. Irradiar sano orgullo.

      Lo segundo es responsabilidad, una igualmente titánica responsabilidad, que pese sobre nuestros hombros, que nos haga conscientes de nuestro lugar en la Historia,  por sabernos herederos de una brillante tradición, sucesores de una cultura cuyas intenciones son las más virtuosas. Valorar el patrimonio artístico, humano, estético y espiritual, del que somos garantes, es la finalidad de esa responsabilidad, la cual nos conducirá a actuar históricamente, por encima de intereses personales o corporativos, hacia un objetivo mayor que todos nosotros, que nos supera, un objetivo que estará en las calles de Cieza cuando nosotros no estemos ya.

      Volviendo a la cita inicial, diré que Don Miguel de Unamuno sufrió en su madurez entre la razón cardiaca, su fe y sus sentimientos, y la razón lógica, la racional y científica, una suerte irreconciliable etimológicamente de fe con dudas, una fe purificada de continuas incertidumbres.¿De qué manera podemos nosotros aglutinar las procesiones de Semana Santa, en concreto las de nuestra cofradía, con un mundo como el actual, plagado de terrorismos y luchas, globalizaciones y aculturación, miserias y riquezas sin igual? ¿Obtenemos, en realidad, la lección de ser mejores personas después de procesionar? ¿Qué mueve a un joven de veintipocos a ponerse una túnica, negra como la noche de los tiempos, y cargarse con un peso considerable por las calles de Cieza?

2. DE LA SEMANA SANTA CIEZANA.

          “Al contemplar una imagen, el creyente queda persuadido, a la vez  que acrecienta su emotividad y, por tanto, le lleva la única Verdad, Jesús en la Pasión.”-S. Ignacio de Loyola. Ejercicios espirituales.-

         En mi caso, lo tengo clarísimo. La tradición, mi educación, mi evocación más remota, encajada en la nebulosa de mi infancia, que arranca, vaya si me acuerdo, con la túnica puesta, de la mano de mi padre, andando por la calle Cadenas, entre otros túnicos, apresurando los pasos porque había que estar pronto, no vaya a faltar algo que poner al trono de los Azotes para salir digno y reluciente. Eso, y lo siguiente que recuerdo es verme llorar porque mi padre se había ido a procesionar desde otro punto de la comitiva, y yo me quedé solo y aterrado. Pero pronto vino otro factor a darme sosiego, y posteriores alegrías, los amigos, los hermanos cofrades, aquellos a los que aún hoy saludo con cariño, aquellos que casi exclusivamente veo en esas fechas y que, como dijo Montaigne de la amistad frente al amor, no serán celosos de mí el resto del año; sólo me esperan para esa semana, la única en que no puedo fallarles.

       Y es que la Semana Santa es el mayor evento para el ciezano. En ningún otro momento se llenan sus calles como en esa época de incipiente primavera. Y participar de esos actos, sentirse engranaje, propio y vivo, de esa maquinaria que representa simbólicamente la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, es sentirse importante. Para los ciezanos, es la semana de reencontrarse con la familia, de apreciar a la patria chica con sus mejores galas y su mayor poderío, que es el escultórico-religioso. Colaborar en esta fecha es colaborar con Cieza, formar parte de ella. De hecho, no serán pocos los que tengan problemas con amigos o conocidos cuando son invitados a las procesiones de otras localidades. No hay otro lugar en el que se desee estar en esa fecha que en Cieza.

          La  Semana Santa se ideó para evangelizar por los ojos, destinada a un pueblo ágrafo. Hoy día, en casa de todo buen español hay un Quijote y una Biblia, por lo que, carente de valor pedagógico, la Semana Santa lo adquiere en artístico y espiritual, aunque la “sociedad del espectáculo”, efecto colateral de la “sociedad de la información”, todo lo trivializa y llena de artificios, dándose aquella profecía del Prof. José S. Carrasco, puede que hayamos primado el contenido espectacular (...), dejando en un segundo plano el componente religioso que está en su razón de ser (El Anda, 1994, pág. 64). Hay que luchar contra esa paradoja, contra ese rapto del alma.

       Las convicciones que lleven a un cofrade a participar son únicamente asunto suyo y de su conciencia. Pero las procesiones son para muchos parte genuina de la experiencia de la Pascua. Hay que respetarlos, y debemos ser más hermanos en comunión y menos templo de mercaderes. Las procesiones deben ser representación juiciosa de lo que los oficios pascuales son auténticos ministerios. Atrás queden las rivalidades, las rencillas, las idolatrías heréticas.

       Contra el seguidismo devocional de una imagen, contra la santería de rosario y magreo de manos y pies como reliquias curativas, muy de estos lares ibéricos, tenemos los cofrades de la Agonía un único y gran argumento, la descomunal calidad de sus imágenes, esto es, la belleza de sus pasos, que yo vengo en llamar la santidad de lo bello. Eso es lo que debemos abrazar, el amor a las cosas bien hechas, bellas, la predilección por lo perfecto, aspirar a lo sublime sin interrupción, como escribió Baudelaire. Y en esto es fundamental la procesión, la manera recatada pero exultante de mostrar una magnífica plasmación del drama divino de tres actos.

  3. DE NUESTRA COFRADÍA.

 “Alguien dijo que el día de Jueves Santo no hubo ángeles en el Cielo porque se habían venido a ver la Procesión del Silencio, porque la Procesión del Silencio es uno de los orgullos más grandes que tiene Cieza.” -Mari Paz Crespo Salmerón. El Anda. 1995-

Llegados a este punto, es imposible eludir nuestra Procesión del Silencio.

        Actualmente, ya no hay penitentes, no existen esas muestras públicas de dolor confeso y redentor basado en bregar descalzo y con cadenas. La culpa y el perdón son más individualizados, más libres, y habrá quien diga que demasiado laxos. No es esta época la del barroquísimo fervor religioso de las masas. Sin embargo, no miento si digo que hay un momento, desde que se retomaron las procesiones en la posguerra civil hasta nuestros días, donde el respeto, dentro y fuera del anda, se impone por su peso, por su macabro y tétrico peso.

      La  Procesión del Silencio, de la cual podemos decir con la boca más grande que tenemos los ‘chitos’ que es, en la región,  originariamente nuestra, de la Agonía de Cieza (así lo demuestra J. E. Rubio Román, en el nº 5 de la revista Silencio, pág. 15-16, Murcia, 2003); es un verdadero icono de nuestra Semana Santa.

       No quiero caer en lirismo ni poemarios de sensibilidades, basta mirar los numerosísimos relatos de profundas impresiones de El Anda o la revista antecesora, para constatar que a nadie deja indiferente el paso macilento, en oscuridad hasta hace poco exclusiva, que daba, junto a saetas, violines y ahogado redoble de tambor, un auténtico aura fantasmagórico, de verdadera bajada al Hades. No por nada, es la procesión que más anderos lleva en nuestra cofradía. Hermanos que solo desean cumplir con esa perfecta obra de González Moreno.

       El Cristo de la Agonía impacta, emociona, te hace mantener el aliento (cualquiera que ha tenido la fortuna de tener su rostro a veinte centímetros del suyo podrá confirmarlo). En cambio, el resuello nos falta bajo su cruz. Las sentidas saetas que jalonan y trufan su recorrido nos someten a dura prueba. Meciéndolo. Ese vaivén mortecino de la silueta vitrubiana, que expira, mientras se desgarra una garganta, eriza la piel y nos llena de orgullo. Con ese itinerario tan nuestro y peculiar, cuyo máximo exponente es la desembocadura, vía calle La Hoz, en la Plaza Mayor, atravesando la sentida genuflexión de los nazarenos que lo han acompañado.

      La  Procesión del Silencio de Jueves Santo es un patrimonio que tenemos que mimar, que tenemos que querer. Pequeños gestos son los que la hacen grande, respetada y respetuosa, como el distinguido saludo que hacemos en la ventana de las monjas clarisas. Emociona esa breve cortesía.

      No quedan atrás las otras imágenes que poseemos. ¿Qué tiene la  Piedad para que sea tan singular? Ese compungido rostro, esa talla de madera, fuera del canon sevillano de llenarla de adornos, con su mirada de tremenda desolación. Para nosotros es la mujer. No hay más que ella, nuestra mujer. No podríamos llevar a otra.

      Es necesario destacar en este tramo de mi reflexión, que los cofrades de la  Agonía, somos los únicos en Cieza que tenemos tres salidas en veinticuatro horas. Es agotador, martirizante. Es nuestro día grande, que coincide con el día de luto por excelencia, Viernes Santo, donde ni siquiera se consagran las hostias por conmemorar las horas en que Cristo estuvo muerto. Hay que añadir que La  Piedad de Capuz, aunque pequeña, es la imagen que más pesa de entre las que tenemos. Ese macizo bloque, de poderoso aroma maderero, se nos hace sentir en los hombros ya cansados. Pero nos da igual. Sacar a La Piedad es necesario. Estamos rendidos pero nuevas fuerzas, salidas de la alegría de pasear a nuestra mujer, nos vienen en ayuda. Por ello gozamos. No nos hace falta la música para no perder el paso y devolverla a su capilla con la mayor elegancia.

        Y qué decir de La Flagelación, cuyo popular nombre nos bautiza a todos en apodo, los Azotes. Ese Cristo musculoso y lacerado, también de González Moreno, o esos sayones decimonónicos, los mateos, por la cochera donde se guardaban, cargados de saña y rabia, doblados sobre sí para repetir, de un momento a otro, los latigazos.

       O la límpida imagen nueva del llamado por los ciezanos como el Cristo de la sed, enjuto y bello crucificado ante el envenenado ofrecimiento de otra portentosa figura en seriedad, que cumple su papel bíblico de dar agua con vinagre. Así igualmente, debemos nosotros cumplir con la cofradía y la  Semana Santa, con la seriedad del que sabe que no se puede otra cosa que estar a la altura de los tiempos.

 

CODA FINAL: HACIA EL FUTURO

 Lucas 22, 19: “Haced esto en memoria mía.”

        No podemos, pues, eludir la responsabilidad, ni menos mitigar el orgullo que nos llena. Sólo podemos sentir respeto por una institución, la  Cofradía, y una tradición, la semanasantera, que como toda obra humana, es imperfecta. No podemos caer en fetichismos ni hipocresías. Ser coherentes con nuestro papel es aspirar a todos los máximos posibles, en concordia, en sinceridad, en laboriosidad, en lo estético, en respeto, en silencio. Sólo así llevaremos con honra la negritud de nuestra túnica.

                                                                                                Alejo Jesús Lucas López