Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía  

La Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía le da la bienvenida y agradece su visita

 Impresión

      

 ¿Quién no se siente movido por una extraña sensación en la noche de Jueves Santo? Cuando la brisa , que nos une, da una inquietud imperceptible; y todos vivimos pendientes del caer lento de las horas. Luego, apagada nuestra vista, la oscuridad oprime y rodea a la multitud que se agolpa tras el portón de la Iglesia.

     A lo lejos suena el reloj. De cerca se oyen las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas; a su conjuro las puertas se abren crujiendo sobre sus goznes, con un chirrido agudo, prolongado y estridente.

           Sigue un silencio lleno de rumores extraños, voces confusas, ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan....nosotros, agitándonos, retrocedemos. Aparece en el umbral una doble fila de encapuchados, conduciendo lentamente un rosario de bujías.

           A la vez, el gotear pastoso de la cera y el quejido del cuero rajado, se mezclan en un aquelárrico conjunto. El cortejo se acerca lento, y la negrura va cediendo ante un ariete de luz, que se presenta débil, pero continuado. Las tinieblas se disipan débilmente, mientras que el humo, subiendo, dibuja lugares arabescos... Al mirar, de hito en hito, descubrimos, asombrados, otra Cruz, que, silenciosa, trepa la torre, y, al subir, se agiganta, desapareciendo en la noche.

             Como una ola que, en ondas, se dirige a la playa; y así, la muchedumbre se derrumba y, burbujeando, se deshace en una palabra: perdón.

            El silencio, roto, abre paso al Crucificado que agoniza salpicándonos con su sangre. Después se aleja, mudo, por la callejuela, dejando tras sí un aroma delicado y penetrante. Tan penetrante como esa llaga del costado, que casi toco.

             El rasgueo, entre cortado, grave, agudo, que nos lleva a veces al delirio; otras al éxtasis, y finalmente, alejándose, nos sume en una inenarrable melancolía.

               La plaza, retumba al redoble continuado de un pregón lúgubre, desgraciado...En la esquina de la callejuela, luz y sombra se confunden, giran, creando dantescas secuencias, que cobran vida al proyectarse en la resquebrajada pared, y el espíritu de la noche anima a éstas, que desveladas, danzan, rodeando al Crucificado. Luego, cuando se aleja, las sombras vivientes , desfallecen, alargadas por el suelo, hasta morir. Y otras, más prosaicas y vulgares, sustituyen a las primeras. En la plaza, todos dejamos morir esas sombras apiñadas en las frías losas. Media ciudad sepultada por el sueño, ignora lo que vemos, pero tú y yo fuimos testigos una noche a las doce...Cuando las sombras, bajando del cielo, dominaron en las ciudades, y su negra capa se esparció por las calles. Y la luz en su huida, las pobló de seres extraños. Ahora que la oscuridad marcha al exilio, ¿serás una oscura sombra todo un año? ¿bailarás tú también en la pared de la vida, proyectado por abyectas pasiones?...

 

                                                                           Miguel Penalva Palazón