Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía  

La Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía le da la bienvenida y agradece su visita

 Bajo un capuz negro

 

 Sólo una vez ceñí el capuz "negro" de mi Cofradía para desfilar en la Procesión del Silencio. Después de varios años participando como "andero", en el año 1987 decidí hacerme una túnica de lujo, una capa y un capuz; los guantes y el cíngulo ya los tenía. Y ese año tuve la indescriptible satisfacción de contemplar la Procesión desde otro ángulo, alumbrando a "mi Cristo" ¡nuestro Cristo! con una vela en la mano derecha, cerca del trono, y acompañándole en esa noche silenciosa, oscura, solemne y llena de sensaciones y sentimientos, que colman el alma y elevan el espíritu religioso y procesionista.

Bajo el capuz "negro" todo se transforma ; la visión del mundo es diferente, no puede compararse con nada, y las dos pequeñas aberturas para los ojos limitan tanto el campo de visión que la cabeza debe girar siguiendo el movimiento de los ojos para poder analizar y contemplar lo que sucede a tu alrededor. Todo se interioriza, y es que, a partir de cubrirte con el capuz, surge una dimensión temporal distinta, incluso atemporal; analizas el simbolismo de lo que haces, tu mente reflexiona y tu corazón se inunda de sentimientos, porque la intimidad que logras con el crea un recogimiento interior que se apodera de tu espíritu durante todo el trayecto de la Procesión provocando meditación, contemplación y misticismo.

Todavía en el interior de la Iglesia de la Asunción, y cuando se apagan las luces del templo, el inicial sonido sordo del tambor te indica que acabas de entrar en ese mundo distinto que no puedes imaginar, un mundo de ilusión e incertidumbre, que durará hasta que se recoja el cortejo y te desprendas de tu capuz "negro".

La salida a la Plaza, junto al Cristo, estremece el corazón, incluso, sientes un cierto escalofrío, y un pequeño cosquilleo, mezcla de alegría por participar, esperanza por el desarrollo procesional, tristeza por la noche de que se trata y dolor compartido del incipiente Viernes Santo, que recorre tu cuerpo; pero, todo ello deja paso a un bienestar o paz interior, que alcanza su cenit cuando la saeta desgarrada y sentida se fusiona con el silencio casi sepulcral que surge de lo más profundo de las personas que llenan la Plaza. Esas sensaciones renacen, a lo largo del recorrido, cada vez que se produce la fusión espiritual del alma con la saeta, mientras que de tu interior emana una voz cálida que quiere decirle al Cristo: ¡aquí estoy!, ¡te acompaño en tu dolor!. ¡quiero compartir tu "Agonía"!. ¡hacer tu Agonía más llevadera!.

El silencio, la mirada expectante, hacia arriba, de los que contemplan la Procesión, como queriendo implorar al Cristo o elevar una plegaria de perdón, y la música que llega hasta lo más profundo de tu ser, no te dejan resquicio más que para que el espíritu interiorice lo que le llega a través de los sentidos, y tu alma se estremezca hasta el punto de que los ojos se enrojecen y se te humedecen, y al final se desprende una lágrima que brote del alma misma.

El resplandor de la luna que brilla en el cielo y penetra en tus ojos cuando pasas por cada esquina, reflejándose en el suelo, la luz tenue y trémula de los cuatro faroles del trono, el foco que resalta el rostro del Cristo, y que se refleja en la torre de la Iglesia y en las paredes de los edificios cuando gira el "Paso", y el alumbramiento de las velas que indican el camino a seguir, vienen a reforzar la interiorización de sensaciones, con aparición de sentimientos espirituales. Todas las dificultades y zozobras de la vida se disipan, no puedes distraer tu atención en otro lugar, estás ¡ahí! en la Procesión del Cristo de la Agonía, que te absorbe y te envuelve, acompañándole en el Gólgota santificador por las calles de Cieza.

En la puerta del Convento de las Monjas Claras, con el giro rítmico y pausado del Cristo agonizante, afloran los deseos de paz conventual, las oraciones por las necesidades de la humanidad, las ansias de amor entre los hombres, de unidad, de caridad, de justicia, de solidaridad..., y se lo pides a tu Cristo, que está allá arriba, sólo y uno. "Bajo tu capuz" se encuentra tu convento interior de cada Jueves Santo, en el que rezas de manera silenciosa, sin prisas y cubierto por una tela que te aísla de contaminaciones de cualquier naturaleza.

De vuelta a la Plaza, tras la estrechez de la calle de la Hoz, que parece abrazar al Cristo en el último momento y despedirse de Él, se impone la obligada adoración cofrade, la reverencia rodilla en tierra ante el majestuoso avance del Cristo entre los cofrades, quienes formamos un pasillo de luz hasta las escalinatas de la Basílica de la Asunción. Ahora sólo le pides a tu Cristo que el próximo año repitamos el acompañamiento, y recuerdas a aquéllos que ya no están entre nosotros, porque se fueron con Él para vivir una continua Procesión del Silencio, y que un día hicieron ese pasillo por última vez en este mundo.

Por ello, mi sensación en este momento se ha trocado de una especie de sentimiento de tristeza y amargura, a la que se une el deseo de que no cese la Procesión y que no se interrumpa lo que he contemplado y lo que he sentido, pues cuando aquella acabe, habré perdido algo consustancial a mi ser.

Y finalmente, ya en el interior de la Iglesia, la retirada de la cabeza del capuz "negro" me hace volver a la realidad cotidiana y regreso al mundo que dejé antes de ponérmelo.

Desde aquel día no he vuelto a ponerme "bajo el capuz negro" en la Procesión del Silencio, lo hacen mis hijos, lo que sin duda experimentan las mismas sensaciones y les afloran los mismos sentimientos que yo tuve.Volví a mi puesto de "andero", portando el "descanso" de esa noche triste y, al mismo tiempo, mágica, compartiendo esfuerzo sobre los hombros con otros amigos y compañeros, para que, entre todos, el Cristo de la Agonía no falte a su puntual cita de todos los Jueves Santos. Pero estas son otras sensaciones y sentimientos "bajo el gorro negro de andero de la Agonía".

 

                                                                                    Manuel Rodríguez Gómez